Encerrados, guardados
en la nevera, en molde de hielo, congelados cubitos de nosotros. Con el sol
gotas y después aire. Extraño prometerte todo en medio del fuego cruzado.
¿Te acuerdas cuando
éramos infantes en el palacio del zar? Cuando miles de hombre se pararon en
nuestro patio. Recuerdo tomarte la mano cuando se escuchó el primer disparo y
la turba enardeció. Cuando un domingo familiar con los tíos es una carnicería. Recuerdo
la vida en la que se sintió tan injusto tener lo que teníamos. Ya de grandes yo
te hablaba de la revolución. De las ideas ilustradas y el materialismo histórico.
Hablábamos de como la primera bomba a los pies del caballo daría forma a todo
que podíamos creer que era correcto.
Una vida, una más. Éramos
atenienses libres que disfrutaban con los locos de la plaza. Agorabamos el
ahora. Intentando adorar. Una mañana de camino al panteón después del banquete
pregunte por lo que hay. Por lo que es, y se tiene, aquello que existe nuestro
y no perderemos. Tú me decías que Dionisio resguardaba tus noches. Yo te habla
de Hermes y los balances. En Delfos hablamos de amar, escuchamos al oráculo y
sus humos.
Recuerdo nuestra
amistad con Cosimo Medici. El maltrato que dábamos a los valores religiosos. Extraño
verte todos los días en mi taller. Cuando me pedías retratos para el palacio y
te los daba por un par de florines. Encontrarnos a escondidas en el campanario
y ver respuestas en nuestras fantasías. Te di todas las palabras que conocía tú
me respondías con creses, siempre tú, tan delicada.
Maldito rey de Dinamarca
y las complicadas situaciones políticas. Odiábamos a los espías y afrontábamos las
malas decisiones. Enfrentamientos con tu hermano de nombre impronunciable. Los buenos
delirios, en ocasiones mi inseguridad y el fantasma de mi padre en los
corredores del castillo. Cuando yo jugaba al pirata tu caías al rio después de
entregar las ultimas flores. Tomar las cosas en serio regresar y ver que todo
termino, juntos 6 metros bajo tierra.
Refugiarnos de los
tanques y la invasión. Ver las banderas alemanas en nuestro suelo parisino. Saber
que los días de cine, aunque cortos, faltaba un largo viaje a noruega. Entre trincheras
te convencía de avanzar hablando del teatro dada, de Mollier, que mejor suiza,
sabes que siempre cambio de opinión a medio camino. Tengo sueños en los cuales
los cazadores nos encontraron en la frontera. Las noticias de los campos. No
entiendo como logramos esquivar algunos infortunios y otros aún quedan.
Paseábamos por el jirón
de la unión, hablábamos en el balcón del Palaís Concert. Cuando antaño no existía,
escuchábamos los valses en las interminables jaranas, casonas coloniales y pura
bebida. No más mártires, una vida complicada como cualquiera y de mucho ocio,
como solo nosotros podíamos procrastinar. Me acompañabas en todos los duelos,
no te importaba que el alchol saque mi lado oscuro. Tampoco te incomodaba
sacara las balas de mi hombro algunas madrugadas.
Una vida estructurada,
las formas, las costumbres, modales, esos tratos, tratando de no sentir. Xiao xin
como único proverbio. Los emperadores que nadie recuerda. Los desconocidos
ingleses. Tu lejana presencia. Yo criado para no sentir, atrapado en lo cotidiano,
llegas del mar, del fondo del horizonte. Te presentas en la embajada, yo
deliberando papeles, perdiendo la tinta.
Como en la novela de
Herman Hesse, un aceta encuentra en los jardines a kamala, un perdido hijo de brahmán,
separado de su mundo, ahora descubre un lado del mundo siempre desconocido, tan
oculto para él.
Eres el onceavo capítulo
de la naranja mecánica, aquello que no sale en las películas. Un millón de
nuestras vidas, un solo segundo.