martes, 20 de septiembre de 2016

zuizete

Zuizete se despertó agitada por aquel oscuro sueño, tan vivido y tan real que podía sentir las garras de aquel monstro rozando su piel. Corrió en dirección al baño atravesando pasadizos oscuros, se miró al espejo y se quedó contemplando aquella imagen ligeramente difuminada. Empezaba a bajar su mirada fija, primero su pelo negro, lacio, que caía suavemente detrás y delante de sus frágiles hombros, continuaba con sus ojos verdes con líneas azules que daban vueltas como calidoscopio. Avanzando la mirada por sus pechos pequeños de niña y sus manos frente a estos, sosteniendo una vela que poco a poco goteaba la blanca cera. Terminamos con su cintura marcada por el vestido blanco traslucido, que ella usaba para dormir, sus piernas blancas y delgadas que terminaban en sus pies descalzos que rozaban la fría loza del baño. Se retiró a descansar en un mundo de sueños que sabe a su corta edad que mucho no va a durar.
Ella no tenía mucha idea de quién era el hombre que hoy la esperaba abajo, para pedir su mano, solo sabía de qué se iba a complicar puesto que ella aun, la madurez no llegaba a alcanzar. Las sirvientas la vistieron y su madre en la puerta la escolto hasta el portal que hay en la parte superior de las escaleras, un vestido blanco y listones azules en su cabello, labios rojos, pero opacos de pasión. El pretendiente que esperaba debajo en la sala, quedo pasmado al ver a la niña, el como pocos hombres de ese pueblo, se sentía incomodo de pensar siquiera en consumar el matrimonio con una niña tan dulce e inocente. Sus labios comenzaron a temblar y sus manos a sudar, el pretendiente atónito se alejó sin decir palabra. Una madre indignada y una niña desilusionada porque a los 12 años no ha conseguido el amor verdadero. Se retiraron a su cuarto, la madre sostuvo la mano de su hija con fuerza y frustración sobre aquellas sábanas blancas en las que estaban sentadas, suspiros y confusiones recorrían la mente de las 2 mujeres, llevaban 3 meses sin un hombre en casa. La madre muy vieja para casarse de nuevo y la niña muy pequeña para poder casarse correctamente, quizá los buenos hombres no eran la mejor pareja.
Sin tantos prejuicios era aquel hombre avejentado por sus adicciones, se decían por las calles rumorosas, que su esposa se suicidó, se decían muchas cosas. Por azares del destino él era uno de los hombres con más dinero del pueblo y un feroz admirador de la pequeña niña Zuizete. Sin más remedio la madre y la niña tuvieron que recurrir a concertar un acuerdo con este jorscho señor. Era una tarde soleada al borde del rio, se dio la celebración para la pedida de mano, las devotchkas en una larga mesa preparando a su joven amiga para que pueda resistir la repulsión de su futuro esposo. En un momento súbito todo el mundo se calla al escuchar el sonido del cristal clich clich.
-Es un verdadero placer poder casarme con esta hermosa devotchka, porfavor Zuizete ven con migo para que pueda otorgarte tu anillo y puedas empezar a gozar los placeres de la vigilia previa a la boda…- dijo basto de hormonas el futuro zhenikh.
(Sonreía zuizete mientras subía las escaleras blancas del estrado)
-hermosa devotchka para un hombre que merece tan poco, abecés en mi soledad me siento confundido por pensamientos oscuros, espero que con ella todo cambie- decía el jorscho señor.
(Le coloco el anillo de compromiso en total silencio)
(zuizete sonrió falsamente)
-por favor disfruten del banquete de compromiso y agasájense, yo invito a la familia de mi priverzhen a que vivan en mi casa durante estas semanas previas a la boda- propuso kerlov el honrado señor a punto de casarse con zuizete.

Las cosas sucedieron como se suponía, en la noche de bodas las cosas pasaron rápidamente a ser espeluznantes, dentro de la mente de la niña se encontraba un demonio arrasador que solo buscaba alimentarse de las sexualidad inocente de la niña. Mientras que en la mente de kerlov se encontraba una visión de sí mismo más tímido y dudoso de la moralidad de la situación, un poco de sudor en sus manos y sus piernas temblando mientras intentaba ver directo a zuizete. Manos torpes y miedo se convirtieron en incomodidad para ambos, la niña petrificada y el señor buscando romper el hielo, que era más duro que la polla del sacerdote que miraba por el cerrojo de la puerta (en el pueblo está presente la tradición de que el sacerdote debe ser testigo de la consumación matrimonial). Sin saber que hacer el señor pasa sus manos arrugadas por la pierna de la inocente zuizete mientras ella seguía atónita sin poder mirarlo. Los gritos de sus mente evitaban poder realizar el acto, con incomodidad bajo, activo su virilidad y entre torpezas y miedo, el entro, movió, salió, callo al costado de la niña y lloro…

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