Zuizete se despertó
agitada por aquel oscuro sueño, tan vivido y tan real que podía
sentir las garras de aquel monstro rozando su piel. Corrió en
dirección al baño atravesando pasadizos oscuros, se miró al espejo
y se quedó contemplando aquella imagen ligeramente difuminada.
Empezaba a bajar su mirada fija, primero su pelo negro, lacio, que
caía suavemente detrás y delante de sus frágiles hombros,
continuaba con sus ojos verdes con líneas azules que daban vueltas
como calidoscopio. Avanzando la mirada por sus pechos pequeños de
niña y sus manos frente a estos, sosteniendo una vela que poco a
poco goteaba la blanca cera. Terminamos con su cintura marcada por el
vestido blanco traslucido, que ella usaba para dormir, sus piernas
blancas y delgadas que terminaban en sus pies descalzos que rozaban
la fría loza del baño. Se retiró a descansar en un mundo de sueños
que sabe a su corta edad que mucho no va a durar.
Ella no tenía mucha
idea de quién era el hombre que hoy la esperaba abajo, para pedir su
mano, solo sabía de qué se iba a complicar puesto que ella aun, la
madurez no llegaba a alcanzar. Las sirvientas la vistieron y su madre
en la puerta la escolto hasta el portal que hay en la parte superior
de las escaleras, un vestido blanco y listones azules en su cabello,
labios rojos, pero opacos de pasión. El pretendiente que esperaba
debajo en la sala, quedo pasmado al ver a la niña, el como pocos
hombres de ese pueblo, se sentía incomodo de pensar siquiera en
consumar el matrimonio con una niña tan dulce e inocente. Sus labios
comenzaron a temblar y sus manos a sudar, el pretendiente atónito se
alejó sin decir palabra. Una madre indignada y una niña
desilusionada porque a los 12 años no ha conseguido el amor
verdadero. Se retiraron a su cuarto, la madre sostuvo la mano de su
hija con fuerza y frustración sobre aquellas sábanas blancas en las
que estaban sentadas, suspiros y confusiones recorrían la mente de
las 2 mujeres, llevaban 3 meses sin un hombre en casa. La madre muy
vieja para casarse de nuevo y la niña muy pequeña para poder
casarse correctamente, quizá los buenos hombres no eran la mejor
pareja.
Sin tantos
prejuicios era aquel hombre avejentado por sus adicciones, se decían
por las calles rumorosas, que su esposa se suicidó, se decían
muchas cosas. Por azares del destino él era uno de los hombres con
más dinero del pueblo y un feroz admirador de la pequeña niña
Zuizete. Sin más remedio la madre y la niña tuvieron que recurrir a
concertar un acuerdo con este jorscho señor. Era una tarde soleada
al borde del rio, se dio la celebración para la pedida de mano, las
devotchkas en una larga mesa preparando a su joven amiga para que
pueda resistir la repulsión de su futuro esposo. En un momento
súbito todo el mundo se calla al escuchar el sonido del cristal
clich clich.
-Es un verdadero
placer poder casarme con esta hermosa devotchka, porfavor Zuizete ven
con migo para que pueda otorgarte tu anillo y puedas empezar a gozar
los placeres de la vigilia previa a la boda…- dijo basto de
hormonas el futuro zhenikh.
(Sonreía
zuizete mientras subía las escaleras blancas del estrado)
-hermosa
devotchka para un hombre que merece tan poco, abecés en mi soledad
me siento confundido por pensamientos oscuros, espero que con ella
todo cambie- decía el jorscho señor.
(Le
coloco el anillo de compromiso en total silencio)
(zuizete
sonrió falsamente)
-por
favor disfruten del banquete de compromiso y agasájense, yo invito a
la familia de mi priverzhen a que vivan en mi casa durante estas
semanas previas a la boda- propuso kerlov el honrado señor a punto
de casarse con zuizete.
Las
cosas sucedieron como se suponía, en la noche de bodas las cosas
pasaron rápidamente a ser espeluznantes, dentro de la mente de la
niña se encontraba un demonio arrasador que solo buscaba
alimentarse de las sexualidad inocente de la niña. Mientras que en
la mente de kerlov se encontraba una visión de sí mismo más tímido
y dudoso de la moralidad de la situación, un poco de sudor en sus
manos y sus piernas temblando mientras intentaba ver directo a
zuizete. Manos torpes y miedo se convirtieron en incomodidad para
ambos, la niña petrificada y el señor buscando romper el hielo, que
era más duro que la polla del sacerdote que miraba por el cerrojo de
la puerta (en el pueblo está presente la tradición de que el
sacerdote debe ser testigo de la consumación matrimonial). Sin saber
que hacer el señor pasa sus manos arrugadas por la pierna de la
inocente zuizete mientras ella seguía atónita sin poder mirarlo.
Los gritos de sus mente evitaban poder realizar el acto, con
incomodidad bajo, activo su virilidad y entre torpezas y miedo, el
entro, movió, salió, callo al costado de la niña y lloro…
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