Los dioses del siglo 21, son los no nacidos. Unbegotten
gods. Antes del logos, algo incompresible se manifestaba en algo. Es ilógico un
génesis. Llegamos a medio camino, sin propósito. Hijos de un pasado subjetivo.
Es natural, el dios que ríe juega con nosotros. Se burla del hombre que sigue
caminos de arena bajo el mar. Perturbado enseño las paredes para el encierro.
Tan dentro nuestra la perturbación. Una vida para matarnos, para dudar, para
creer, seguir los juegos y nunca querer jugar. La gran carcajada está en las
formas. Ellos te presentan la realidad para que juegues. No el escepticismo, no
la anarquía. Los ojos de un niño que conoce la muerte de terceros, nunca
cercanos. Se divierte entre botellas hasta conocerlas, con los años se divierte
con ellas. No es alcoholismo, son sociales de libación. Los dioses te invitan a experimentar las pulsiones,
no cumplirlas, no reprimirlas. Burlarte de la incapacidad que deja la moral,
moral que perturbados seguimos.
La noche cae, yo con corona y limón. Ojos de fuego nacidos
de la decepción. La barra es de madera húmeda.
El final de meses de búsqueda, a solo unos minutos. Dinero, tiempo y
ansiedad invertidos en un encuentro. Di
todo por encontrar una señal. La distancia es tan mínima. Solo una escena más
para completar mi vida. El hombre que la secuestro atiende a este bar. Entre
por la puerta y se sienta. Pide una cuba libre. Escribe poemas en una
servilleta. Al acabar su alchol se retira guardando el papel. Abrocho mi abrigo
y lo sigo con cierta distancia, temporal y geográfica. El acero espera la
verdad. Tan desesperado en mi bolsillo. El hombre abre la puerta de su casa.
Aprovecho el instante en el que se voltea a cerrar para encañonarlo.
Ojos abiertos y la saliva que baja por la garganta. Avanzo
lentamente, el cañón contra la frente y retroceso con cautela. Cierro la puerta
de la vivienda. Golpeo su plexo con mi suela. Su espalda revienta contra la
mesa de cristal. Un día ella desapareció. Todas las pistas me llevaron a este
hombre. La lógica habla clara. Él la ha secuestrado, solo queda matarlo y
rescatarla. Ato manos y pies, silla de la cocina. La mía volteada, luz de
interrogación. -dónde está? - pregunto mientras rompo contacto visual. El
idiota solo responde tontería. Me pregunta, quién soy, que hablo. Este sujeto
está realmente confundido.
Llaves suenan en la puerta. Los pasos tiernos de pasadizo.
Los recuerdos tan extrañados. El bolso cae “over shattered crystal”. Ella está
paralizada en la puerta. Puedo escuchar su cuerpo inmóvil. Estoy dudando mucho
de la veracidad de la escena. Ella no estaba secuestrada? La confusión me
fuerza a la ejecución. Rojo contra la cocina. Rojo en la frente. Un cuerpo
masculino que cae con silla. Tres disparos que caen al techo, solo porque sí.
Si ella pudiera ver mis ojos tan llenos de furia. Solo escucho las lágrimas cae
por su mejilla. Con los labios sin voz, cae de rodillas. Suspiro mientras
acomodo mi alma. Ella esta devastada mirando el piso. las gotas no dejan de
caer. La incomprensión. Las buenas intenciones, mal dirigidas. Quizá yo no
comprendo. Quizá ellos no comprendieron. Quizá la realidad no actuó como
debería. Es posible malinterpretar todo. Es tan fuerte mi ceguera o acaso todos
están ciegos. Solo existe una forma de comprobarlo. Me acuclillo para hablar al
nivel. -entiendes? - le pregunto con la mueca más extraña de mi vida. – quien
chucha eres? - ella grita con fuerza, ahora ya no deja de gritar. Creo que
existe una forma de confirmar la situación. Salgo a la puerta y miro bien la
dirección. Ahora recuerdo que no existía una dirección en las pistas. ¿Cómo
llegue aquí?
Entro a la casa, una mujer está llorando, ella está
llorando. Me siento en los vidrios. Intento consolarla y ella solo llora. Un
hombre muerto y el arma predilecta tan cerca de ella. Ella mato a su esposo. Lo
mato por celos. Las pistas mostraban celos. Él tenía celos descontrolados, tan
grandes que parecen delirios. Ella una inseguridad tan inmensa que mata. La
agarro del cuello y la aviento contra el muro. Con gritos intento conseguir la verdad.
Yo sé, ella lo mato. Tiene que decirme la verdad. Pero los golpes y las patadas
no llevan a una confesión.
Es ridículo pensar que mi llegada a este hogar es
casualidad. El marido muerto hace tanto y yo, recién llegado. Ella tan dolida
pero cooperativa. Estos últimos segundos, ha estado tranquila y sin llorar. Un
instante casi conseguimos contacto visual. No podría ser más feliz. Pero el
recuerdo de su ex se pudre en la cocina. Puede que sean los celos, pero en los
2 últimos segundos me han dado ganas de matarla. Ya no es tan energética como
antes. Se la pasa pensando en el muerto. Prendo el gas sin chispa. Le doy un
beso en la frente y rompo una botella de pisco sobre la alfombra. Lanzo un
fosforo prendido y salgo por las escaleras.
En pleno paseo por el vecindario veo una casa en llamas. Con
velocidad entro en búsqueda de supervivientes. Logro rescatar a una mujer y las
cenizas de su esposo. Ella conoce personalmente la perturbación. Una sonrisa me
invade mientras me alejo dando saltos y silbando tan feliz.
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